La Hora de la Digestión
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¡Niño, un yogur y a correr!

"Las manipulaciones de la flora intestinal humana plantean un apasionante debate y abren la puerta a la solución ó tal vez creación de enfermedades".

 

 

Yogurtera-Quesera

Ahora los científicos están argumentando que las bacterias intestinales manipulan nuestra conducta alimentaria. Parece que envían señales al cerebro a través del nervio vago para inducir euforia o enfado, de forma que la gente termina comiendo lo que los microbios quieren, o mejor dicho, lo que les conviene para seguir desarrollándose o para suprimir a su competencia. 

 

Vamos, que la flora intestinal tiene la misma "mala leche" que los humanos que la trasportan. Ya lo decía Luís, un gran médico al que le mando un abrazo: "Todo se pega, menos la hermosura". 

 

Pero este tema no es nuevo. Fijaos lo que decía Anthony Van Leeuwenboeck hace 300 años: "Más animales viven en las impurezas de la dentadura de un hombre que personas hay en todo un reino, especialmente si no se lavan los dientes. Por mi parte, presumo (aunque me limpio la boca) que no habitan nuestros Países Bajos tantas personas como animales vivos pueblan mi boca en este mismo momento"

 

Con tantos gérmenes, cada uno de su padre o de su madre, tan diferentes y en tan íntimo contacto, era evidente que para sobrevivir habrían de interactuar entre ellos y con el huésped. Se calculan ya unas 2000 especies en el intestino humano, de las que unas 100 son potencialmente patógenas (bacterias "malas", generadoras de enfermedad), y el resto están consideradas de “las buenas”.

 

Insisten los investigadores en que esta población intraintestinal  es modificable. Si llevamos ingiriendo microbios desde que el hombre es hombre, ahora se pretende ir más allá, que ingiramos sustancias (prebióticos) que creen el ambiente favorable a las bacterias que nos interese tener. Se están aplicando antibióticos específicos, hidroterapia de colon y hasta trasplantes heces, y se ha demostrado que estas actuaciones influyen en el cambio de la flora intestinal en tan solo 24 h.

 

Se trataría según los científicos, de seleccionar a nuestros vecinos bacterianos al igual que en el famoso edificio Dakota gustan de escoger compañeros de ascensor amables y de buena familia. Poniendo ejemplos: si comemos muchos carbohidratos, seguro que viviría muy a gusto en el barrio la Srta. "Prevotela", mientras que si tomamos mucha fibra, se llenará la comunidad de "Bifidofacterias", y así sucesivamente. No hay más que conocer el gusto de cada cual para tenerlas controladas, y eso sí, evitar la sobrepoblación intestinal es clave. Igual que ocurre con las calles, que se llenan de gatos cuando aparece la vecina inglesa que tenemos todos cada atardecer a darles de comer las sobras del “roast beef”.

 

A simple vista, esto de manipularnos la flora intestinal parece fantástico y de aplicaciones múltiples. Imaginaos adelgazar o ganar peso solo modificando nuestra microbiota, o que para controlar la glucemia o el colesterol, fabricar vitaminas o colágeno, solo necesitemos ajustar estas poblaciones. No quiero ni pensar en bacterias que fabriquen perfumes ó den color al cabello. Las  posibilidades serían infinitas, y los negocios especializados podrían llenar varias "ampliaciones de La Cañada".

 

Tengo que decir, que tampoco el uso de probióticos es nuevo en la historia del ser humano ni reciente en la Medicina, que es “mas viejo que ir de vasos largos”, aunque bien es cierto, que ahora esta muy de moda, como la moda de los ochenta. “Con la cantidad de camisas de cuello de pico que yo he tirado…”

 

En mi modesta opinión, primero hemos asistido a un brusco cambio de nuestros hábitos alimenticios en el contexto de la globalización, y en estos momentos la industria farmacéutica se ha puesto manos a la obra a sintetizar probióticos para individualizarnos la flora intestinal que previamente nos han globalizado. Es como si primero, le echasen crece-pelo a los pantanos y al tiempo, diesen subvenciones para depilación.

 

Con lo fácil que resulta tomarse un yogur al día, que ya nos lo decían nuestras madres allá por los años 70 en que comenzamos a tener contacto con ese “oro blanco”. Esos años 70 en los que crecieron los olímpicos del “92” y la madre de los hermanos Gasol comenzaba a alimentarse para lo que se le venía encima… Y a la vista está que debieron tomar mucho fermento lácteo y calcio para el resultado obtenido por unos y otra.

 

Un día cualquiera de 1903 se presentó en el Instituto Pasteur un señor búlgaro llamado Grigoroff, que sin necesidad de AVE, Erasmus ni historias, sino con la simplicidad de la relación que entre científicos se estilaba, llegó a París, no para enseñar el bulgaro, sino para dar a conocer el "Lactobacillus Bulgaricus", bacteria que bloquea la proliferación de otras patógenas  y retrasa el proceso de envejecimiento según el Premio Nobel ruso Mechnikov.

 

Sin que se enfaden los griegos, la cosa es que este bacilo pierde propiedades fuera de Bulgaria y por ello, en 1972 Japón compró la licencia hasta 2022 para producir Yogur búlgaro. Esto supone que cada año se llevan para donde "nace el sol" más de 200.000 toneladas del fermento láctico en aviones diarios refrigerados, con idea de que los Japoneses hagan bien la digestión del atún de Barbate y otros tantos productos "frescos" que tanto gustan por allí. ¡Son longevos pero no tontos!

 

Mientras los nipones se llevan lo “nuevo”, nosotros nos ponemos a legislar, para autorizar el consumo de alimentos “trasnochados”. Un reciente Real Decreto de 2014, de estos Pre-Semana Santa que casi nadie presta atención, diferencia seis tipos oficiales de yogur. De entre ellos, me quedo con el Yogur natural, y los restantes si os parece los olvidamos directamente. En concreto, olvidaos de comprar el denominado “yogur pasteurizado después de la fermentación”, también llamado de “larga duración”, que si bien permite visitar el supermercado cada 4 meses, tiene menos bacterias que las manos de Poncio Pilato… ¡Mas bien ninguna!

 

No creo equivocarme mucho si todo este proceso nos va a terminar llevando al punto de partida de la misma forma que la globalización alimentaria va poco a poco regresando al consumo de alimentos locales. Y me da un poco de miedo esta manipulación en la elección de vecinos microscópicos, que los experimentos sociológicos casi siempre terminan formando guetos, y la intervención genera desequilibrios. No tenéis mas que analizar lo que ha pasado con los colegios de Enseñanza Primaria en España desde que los políticos tuvieron la idea de admitir a los niños según puntuación en lugar de por cercanía al domicilio.

 

En mi consulta siempre fui partidario de los probióticos, que prescribo hace mucho en pacientes que toman antibióticos, padecen enfermedades intestinales, en los que han sufrido diarreas infecciosas, o simplemente en los que diagnostico un cambio en su flora intestinal. Intento antes promover una dieta tradicional, que coman lo que siempre se ha comido en sus respectivos pueblos para que su flora intestinal de toda la vida este contenta. Que no hay nada mejor que la buena armonía con el vecindario.

 

No es cuestión de que le pongamos nombre a todas nuestras bacterias, y de que las felicitemos por su cumple-días, pero hombre, hemos de respetar a aquellas que llevan tanto tiempo con nosotros, las que nos trasmitieron durante la lactancia materna, ¿o no?, aunque “ya viniesen con mala leche”… Pues seguro que las hay peores.

 

A los asesinos inconscientes de bacterias, les recomiendo alimentos probióticos de inicio y que se tomen un yogur natural de vez en cuando, que una yogurtera se puede obtener desde 10 euros y hacer yogur no ocupa mas de 2 minutos de reloj. Además, podemos hacer yogurt con leche de cabra, desnatada, o rica en calcio. Con esta última la consistencia es cremosa, como la del yogur griego. Mirad que fácil, y lo rebuscado que nos lo presentan.

 

Un secreto: tengo costumbre de escuchar a los madrileños cada mes de Agosto en sus tertulias tan altisonantes y características a la orilla del mar, para documentarme y saber lo que nos viene al año próximo. Hace unos veranos, al pasear oía tertulias sobre las clases particulares de los niños, que si esgrima, que si clases de chino, o artes marciales, etc;  años después los comentarios fueron en torno al peso y los gimnasios; y este año el tema de moda es la alimentación, quien come gluten, soja, quinoa o lactosa, la dichosa ortorexia. 

 

Me temo que en breve los mentideros de las playas de Marbella hablarán de como modificar la flora intestinal. Escoger el vecindario interior va a ser la próxima moda, muy del gusto de nuestra sociedad actual, tan plana como deseosa de diferenciarse. La manipulación llevará a que ya ni seamos iguales en lo que defecamos, como no lo somos ahora en lo que ingerimos.

 

No quiero ni imaginar el futuro que nos espera a los digestólogos cuando nuestros pacientes nos digan lo que sus bacterias le han pedido por los Reyes Magos.

 

Dr. Carlos de Sola Earle

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